getfittogethot:

eatfithappiness:

vegan-vulcan:

I didn’t know there were twenty thousand vegans on tumblr!!!

You can be against animal cruelty and not a vegan

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andri-u:

La frase no es mía, esta sacada de un documental y sí… puede ser una mierda pero el dibujo tampoco se yo si se salva

andri-u:

La frase no es mía, esta sacada de un documental y sí… puede ser una mierda pero el dibujo tampoco se yo si se salva

‪#‎ATENCIÓN‬: El Tribunal le ordenó al Presidente de la República, en un plazo de 48 horas, reintegrar a su cargo en la Alcaldía a Gustavo Petro Urrego. Más información: http://bit.ly/1rgZhHv

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Hernando Tellez: ESPUMA Y NADA MÁS

Hernando Tellez: ESPUMA Y NADA MÁS

No saludó al entrar. Yo estaba repasando sobre una badana la mejor de mis navajas. Y cuando lo reconocí me puse a temblar. Pero él no se dio cuenta. Para disimular continué repasando la hoja. La probé luego sobre la yema del dedo gordo y volví a mirarla contra la luz. En ese instante se quitaba el cinturón ribeteado de balas de donde pendía la funda de la pistola. Lo colgó de uno de los clavos del ropero y encima colocó el kepis. Volvió completamente el cuerpo para hablarme y, deshaciendo el nudo de la corbata, me dijo: “Hace un calor de todos los demonios. Aféiteme.” Y se sentó en la silla. Le calculé cuatro días de barba. Los cuatro días de la última excursión en busca de los nuestros. El rostro aparecía quemado, curtido por el sol.

Me puse a preparar minuciosamente el jabón. Corté unas rebanadas de la pasta, dejándolas caer en el recipiente, mezclé un poco de agua tibia y con la brocha empecé a revolver. Pronto subió la espuma. “Los muchachos de la tropa deben tener tanta barba como yo.” Seguí batiendo la espuma. “Pero nos fue bien, ¿sabe? Pescamos a los principales. Unos vienen muertos y otros todavía viven. Pero pronto estarán todos muertos.” “¿Cuántos cogieron?” pregunté. “Catorce. Tuvimos que internarnos bastante para dar con ellos. Pero ya la están pagando. Y no se salvará ni uno, ni uno.” Se echó para atrás en la silla al verme la brocha en la mano, rebosante de espuma. Faltaba ponerle la sábana. Ciertamente, yo estaba aturdido. Extraje del cajón una sábana y la anudé al cuello de mi cliente. Él no cesaba de hablar. Suponía que yo era uno de los partidarios del orden. “El pueblo habrá escarmentado con lo del otro día,” dijo. “Sí,” repuse mientras concluía de hacer el nudo sobre la oscura nuca, olorosa a sudor. “¿Estuvo bueno, verdad?” “Muy bueno,” contesté mientras regresaba a la brocha. El hombre cerró los ojos con un gesto de fatiga y esperó así la fresca caricia del jabón.

Jamás lo había tenido tan cerca de mí. El día en que ordenó que el pueblo desfilara por el patio de la escuela para ver a los cuatro rebeldes allí colgados, me crucé con él un instante. Pero el espectáculo de los cuerpos mutilados me impedía fijarme en el rostro del hombre que lo dirigía todo y que ahora iba a tomar en mis manos. No era un rostro desagradable, ciertamente. Y la barba, envejeciéndolo un poco, no le caía mal. Se llamaba Torres. El capitán Torres. Un hombre con imaginación, porque ¿a quién se le había ocurrido antes colgar a los rebeldes desnudos y luego ensayar sobre determinados sitios del cuerpo una mutilación a bala? Empecé a extender la primera capa de jabón. El seguía con los ojos cerrados. “De buena gana me iría a dormir un poco,” dijo, “pero esta tarde hay mucho qué hacer.” Retiré la brocha y pregunté con aire falsamente desinteresado: “¿Fusilamiento?” “Algo por el estilo, pero más lento,” respondió. “¿Todos?” “No. Unos cuantos apenas.” Reanudé de nuevo la tarea de enjabonarle la barba. Otra vez me temblaban las manos.

El hombre no podía darse cuenta de ello y ésa era mi ventaja. Pero yo hubiera querido que él no viniera. Probablemente muchos de los nuestros lo habrían visto entrar. Y el enemigo en la casa impone condiciones. Yo tendría que afeitar esa barba como cualquiera otra, con cuidado, con esmero, como la de un buen parroquiano, cuidando de que ni por un solo poro fuese a brotar una gota de sangre. Cuidando de que en los pequeños remolinos no se desviara la hoja. Cuidando de que la piel, quedara limpia, templada, pulida, y de que al pasar el dorso de mi mano por ella, sintiera la superficie sin un pelo. Sí. Yo era un revolucionario clandestino, pero era también un barbero de conciencia, orgulloso de la pulcritud en su oficio. Y esa barba de cuatro días se prestaba para una buena faena. Tomé la navaja, levanté en ángulo oblicuo las dos cachas, dejé libre la hoja y empecé la tarea, de una de las patillas hacia abajo. La hoja respondía a la perfección.

El pelo se presentaba indócil y duro, no muy crecido, pero compacto. La piel iba apareciendo poco a poco. Sonaba la hoja con su ruido característico, y sobre ella crecían los grumos de jabón mezclados con trocitos de pelo. Hice una pausa para limpiarla, tomé la badana, de nuevo yo me puse a asentar el acero, porque soy un barbero que hace bien sus cosas. El hombre que había mantenido los ojos cerrados, los abrió, sacó una de las manos por encima de la sábana, se palpó la zona del rostro que empezaba a quedar libre de jabón, y me dijo: “Venga usted a las seis, esta tarde, a la Escuela.” “¿Lo mismo del otro día?,” le pregunté horrorizado. “Puede que resulte mejor,” respondió. “¿Qué piensa usted hacer?” “No sé todavía. Pero nos divertiremos.” Otra vez se echó hacia atrás y cerró los ojos. Yo me acerqué con la navaja en alto. “¿Piensa castigarlos a todos?,” aventuré tímidamente. “A todos.” El jabón se secaba sobre la cara. Debía apresurarme. Por el espejo, miré hacia la calle. Lo mismo de siempre: la tienda de víveres y en ella dos o tres compradores. Luego miré el reloj: las dos y veinte de la tarde. La navaja seguía descendiendo. Ahora de la otra patilla hacia abajo. Una barba azul, cerrada. Debía dejársela crecer como algunos poetas o como algunos sacerdotes.

Le quedaría bien. Muchos no lo reconocerían. Y mejor para él, pensé, mientras trataba de pulir suavemente todo el sector del cuello. Porque allí sí que debía manejar con habilidad la hoja, pues el pelo, aunque es agraz, se enredaba en pequeños remolinos. Una barba crespa. Los poros podían abrirse, diminutos, y soltar su perla de sangre. Un buen barbero como yo finca su orgullo en que eso no ocurra a ningún cliente. Y éste era un cliente de calidad. ¿A cuántos de los nuestros había ordenado matar? ¿A cuántos de los nuestros había ordenado que los mutilaran?… Mejor no pensarlo. Torres no sabía que yo era un enemigo. No lo sabía él ni lo sabían los demás. Se trataba de un secreto entre muy pocos, precisamente para que yo pudiese informar a los revolucionarios de lo que Torres estaba haciendo en el pueblo y de lo que proyectaba hacer cada vez que emprendía una excursión para cazar revolucionarios. Iba a ser, pues, muy difícil explicar que yo lo tuve entre mis manos y lo dejé ir tranquilamente, vivo y afeitado. La barba le había desaparecido casi completamente. Parecía más joven, con menos años de los que llevaba a cuestas cuando entró.

Yo supongo que eso ocurre siempre con los hombres que entran y salen de las peluquerías. Bajo el golpe de mi navaja Torres rejuvenecía, sí; porque yo soy un buen barbero, el mejor de este pueblo, lo digo sin vanidad. Un poco más de jabón, aquí, bajo la barbilla, sobre la manzana, sobre esta gran vena. ¡Qué calor! Torres debe estar sudando como yo. Pero él no tiene miedo. Es un hombre sereno que ni siquiera piensa en lo que ha de hacer esta tarde con los prisioneros.

En cambio yo, con esta navaja entre las manos, puliendo y puliendo esta piel, evitando que brote sangre de estos poros, cuidando todo golpe, no puedo pensar serenamente. Maldita la hora en que vino, porque yo soy un revolucionario pero no soy un asesino. Y tan fácil como resultaría matarlo. Y lo merece. ¿Lo merece? No, ¡qué diablos! Nadie merece que los demás hagan el sacrificio de convertirse en asesinos. ¿Qué se gana con ello? Pues nada. Vienen otros y otros y los primeros matan a los segundos y éstos a los terceros y siguen y siguen hasta que todo es un mar de sangre. Yo podría cortar este cuello, así, ¡zas! No le daría tiempo de quejarse y como tiene los ojos cerrados no vería ni el brillo de la navaja ni el brillo de mis ojos. Pero estoy temblando como un verdadero asesino. De ese cuello brotaría un chorro de sangre sobre la sábana, sobre la silla, sobre mis manos, sobre el suelo. Tendría que cerrar la puerta. Y la sangre seguiría corriendo por el piso, tibia, imborrable, incontenible, hasta la calle, como un pequeño arroyo escarlata.

Estoy seguro de que un golpe fuerte, una honda incisión, le evitaría todo dolor. No sufriría. ¿Y qué hacer con el cuerpo? ¿Dónde ocultarlo? Yo tendría que huir, dejar estas cosas, refugiarme lejos, bien lejos. Pero me perseguirían hasta dar conmigo. “El asesino del Capitán Torres. Lo degolló mientras le afeitaba la barba. Una cobardía.” Y por otro lado: “El vengador de los nuestros. Un nombre para recordar (aquí mi nombre). Era el barbero del pueblo. Nadie sabía que él defendía nuestra causa…” ¿Y qué? ¿Asesino o héroe? Del filo de esta navaja depende mi destino. Puedo inclinar un poco más la mano, apoyar un poco más la hoja, y hundirla. La piel cederá como la seda, como el caucho, como la badana. No hay nada más tierno que la piel del hombre y la sangre siempre está ahí, lista a brotar. Una navaja como ésta no traiciona.

Es la mejor de mis navajas. Pero yo no quiero ser un asesino, no señor. Usted vino para que yo lo afeitara. Y yo cumplo honradamente con mi trabajo… No quiero mancharme de sangre. De espuma y nada más. Usted es un verdugo y yo no soy más que un barbero. Y cada cual en su puesto. Eso es. Cada cual en su puesto. La barba había quedado limpia, pulida y templada. El hombre se incorporó para mirarse en el espejo. Se pasó las manos por la piel y la sintió fresca y nuevecita. “Gracias,” dijo. Se dirigió al ropero en busca del cinturón, de la pistola y del kepis. Yo debía estar muy pálido y sentía la camisa empapada. Torres concluyó de ajustar la hebilla, rectificó la posición de la pistola en la funda y, luego de alisarse maquinalmente los cabellos, se puso el kepis. Del bolsillo del pantalón extrajo unas monedas para pagarme el importe del servicio. Y empezó a caminar hacia la puerta. En el umbral se detuvo un segundo y volviéndose me dijo: “Me habían dicho que usted me mataría. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fácil. Yo sé por qué se lo digo.” Y siguió calle abajo.

FIN

monsieurchevre:

I’ll never get why rats are ever be considered vile and disgusting creatures. They groom themselves constantly, and when tamed, they are the most loving things in the world. They are fun to be around, and very intelligent. I do not understand why so many people have such a hatred for them. Bless their tiny little souls.

monsieurchevre:

I’ll never get why rats are ever be considered vile and disgusting creatures. They groom themselves constantly, and when tamed, they are the most loving things in the world. They are fun to be around, and very intelligent. I do not understand why so many people have such a hatred for them. Bless their tiny little souls.

violetailustraciones:

Quìtame la vergüenza por Violeta

violetailustraciones:

Quìtame la vergüenza por Violeta

Hernando Tellez, Debajo de las estrellas

Debajo de las estrellas

         Se acercó lentamente. Como yo estaba tirado en el suelo, bajo el camión, ocupado en reparar el daño, no podía ver sino sus pies, sin medias, metidos entre un par de zapatillas de baño, y una parte de sus piernas, que la bata de delgada, casi transparente tela, descubría a cada paso. Solté la llave inglesa que tenía entre las manos y me puse a mirar, a mirar. Avanzaba lentamente, cadenciosamente. De la casa al sitio donde yo me encontraba la distancia sería de ochenta, tal vez cien metros. Ella atravesó el porche y después de bajar los tres escalones de la entrada se dirigió hacia la mole camión.
         —¿Comenzó temprano?
         —Sí, señora.
         —Mi marido no podrá levantarse. ¿Qué horas son?
         Hice un rápido cálculo, de acuerdo con el sol, que apenas iniciaba su faena esa mañana.
         —Tal vez las siete.
         Las piernas iban de un lado al otro, en un trayecto de un metro, y la abertura de la bata me revelaba la carne pálida y hermosa que, con el ritmo del paso, quedaba de pronto a la vista de la rodilla hacia arriba. Se paró cerca de mi cabeza. Golpeó el suelo con el tacón de las sucias y envejecidas zapatillas de baño, e inclinándose un poco (debía estar apoyada en el chasís) me dijo:
          —¿El daño es muy grave?
          Al inclinarse, el borde de la bata le cubrió casi los pies. Pero sin esperar la respuesta, volvió a erguirse, pues la bata subió de nuevo unos centíme­tros y dejó a la vista otra vez la carne pálida y hermosa.
          —No es grave, señora —dije.
          Tornó a inclinarse. Pero no podía verme. El camión ara demasiado ancho. Entonces se echó al suelo, arrodillada. Bajó la cabeza y así vi, mucho antes que su rostro, sus senos que desbordaban por entre la abertura de la bata.
          —¿Qué quiere usted? —le dije tomando en mis manos la llave inglesa para reanudar mi faena. Comprendió mi turbación y debió leer en mis ojos cl terrible deseo que me asaltaba, pues sonriendo con la malicia de quien sabe que es dueño de la situación, respondió:
          —Nada. ¿Por qué?
          Pero no movía una mano para cerrar el cuello de la bata y los senos seguían palpitantes, casi completamente desnudos, a mi alcance. Me hubiera bastado con tirar la llave inglesa y alargar el brazo… Ella continuaba mi­rándome con extraños ojos. Era una mujer completa. Una hembra, como decimos nosotros, los hombres ordinarios, los hombres a quienes el sistema social arroja debajo de un camión, para engrasar los ejes y reponer las llantas picadas y vigilar los resortes. Me hubiera bastado con alargar la ma­no. Y la alargué. Una tibieza, una suavidad de terciopelo. Mis manos son grandes y toscas. Están llenas de callosidades. Entre ellas cabían con plenitud esa suavidad y esa tibieza. Atraje la cabeza hacia mí y nos besamos. Bajo el camión y echados sobre la fierra como estábamos, el calor del día que empezaba se sentía directo como una caricia impalpable.
          Se incorporó nerviosamente. Yo me deslicé al otro lado y me puse de pie. Di la vuelta para volverla a encontrar. Tenía cierto aire de arrepentimiento, pero al mismo tiempo de satisfacción. Me miró con sus extraños ojos sen­suales.
          —Mi marido está enfermo —dijo tranquilamente.
          Yo seguía mirándola con terrible deseo, casi sin entender sus palabras.
          —Pasó una mala noche —agregó.
          Mis ojos buscaban la curva de su pecho, de sus caderas, la línea de su cuerpo, insidiosamente dibujado en la tela levísima de la bata.
          —Tendrá que ir al pueblo en busca del médico. Es el corazón otra vez.
          Informaba con una asombrosa imparcialidad de mujer acostumbrada por años a esos accidentes. Había no se qué de inhumano en la precisión de su informe y de sus órdenes. Hablaba con un desinterés de enfermera, con tina falta absoluta de patetismo.
          —Esta vez puede ser grave —añadió sin afán, con la misma voz de siem­pre, y me pareció que, al fijar los ojos en mí, trataba de sonreír. Me dio la espalda y, lentamente, como había llegado, regresó a la casa.

*

         Entre la cama, el hombre parecía de cera amarillenta. O de marfil envejecido. Como ese marfil que yo vi alguna vez en las puntas de un libro de misa que llevaba una señora los domingos a la iglesia de mi pueblo. O de pergarnino, aun cuando el pergamino no lo he visto jamás. Pero dicen quie­nes lo conocen que se necesita que la muerte haga su trabajo para que los seres y las cosas se parezcan al pergamino. Buen trabajo acababa de hacer la muerte en ese rostro con una barba de veinte días, entrecana y no muy tupida; sobre esos hombros, esos brazos y esas manos. En las uñas des­cubrí unas manchitas amoratadas, como si la muerte hubiera golpeado uno a uno, con martillo, los diez dedos de las manos.
          —Ciérrele los ojos —ordenó ella con el tono neutro e imparcial de quien dice “Cierre esa puerta”. Obedecí. Los párpados no estaban fríos, y el débil saldo de calor que en ellos encontré me sobresaltó. “Puede estar vivo”, pensé. Y me incliné sobre la franela que le cubría el pecho, corno había visto hacer al médico para oir el corazón.
          —¿Qué hace usted? —preguntó ella.
          —Por si acaso —le respondí.
          —¿Pero no ve que está muerto?
          Yo pegué la oreja sobre el lado izquierdo del pecho, y, a través del tejido de algodón, sentí el pequeño nudo de carne de la tetilla. Suspendí durante unos segundos mi respiración. Me pareció oir algo distante, casi imperceptible, algo como el frote de un papel de seda entre los dedos de un niño. Seguí oyendo. Nada. Era el roce de mi oreja sobre la franela.
          —¿Se convenció? —dijo la mujer.
          —Sí —le respondí, incorporándome.
          —Ahora vaya al pueblo por el cajón y arregle con el señor cura.
          Salí. Prendí el camión y tomé la ruta del pueblo…
          Regresé dos horas después, con el cajón y cuatro amigos, entre ellos una mujer, conocida de la patrona. Por la noche, en el velorio, aumentó la con­currencia: seis mujeres y ocho hombres en total. Doña Paula —así le decían a una de las mujeres— parecía la más enterada de las ceremonias con la muerte. Sabía de sábanas, de cirios y de rezos. Desnudó el cadáver y con la ayuda de dos de nosotros lo envolvió en la misma sábana nada limpia que cubría el colchón de la cama. Como la quijada del muerto ha­bía quedado entreabierta, en algo que parecía un principio de carcajada o de grito, ella pidió un pañuelo grande —le dieron uno de colores— y con impávida destreza lo anudó, pasándolo por la cabeza, de manera que mi patrón parecía así un cadáver con reuma. Doña Paula ordenó el tras­lado al cajón, faena que cumplimos los hombres, sin que ella tocara nada, indicándonos los movimientos precisos con la certidumbre de un buen jefe militar en operaciones de campaña: “Cuidado”, “así no”, “por aquí”, “des­pacio, despacio”, “cuidado con la cabeza”, “así, así”, hasta calando la pesada masa inerte quedó incrustada, sin un solo maltrato, entre las tablas. Luego dis­puso la colocación del ataúd sobre la mesa de la plancha, hizo prender los cuatro cirios que yo había comprado en la funeraria y, obligándonos a to­dos a ponernos de rodillas, comenzó a rezar: “Padre nuestro que estás en los cielos”, etc.
          La noche seguía indiferente su milenario curso por entre las estrellas, los corazones y las cosas. Salí al corredor, pues adentro el calor y la fa­tiga me invitaban al sueño. No había mucha claridad a pesar de todo, a pesar de las estrellas distantes. Era, sin duda, una noche de verano, más o menos igual a todas las noches de esta tierra eternamente cálida como una fragua de herrería. La temporada de las lluvias había pasado, pero algo pesado, húmedo, sofocante, algo semejante al aliento de una boca humana con fiebre se sentía flotar en la atmósfera.
          Descendí los tres escalones de la entrada y me dirigí a donde estaba el camión. Y a su sombra, de espaldas a la casa, me tendí sobre la yerba y el polvo, poseído de un desaliento infinito. Cerré los ojos y me pareció que el mundo era upa cosa absurda y que lo único que valía la pena era des­cansar así, como los muertos. Como mi patrón, que ahora descansaba para siempre.

*

         No la sentí llegar. Debí dormir unos minutos. Pero ahí estaba ella, ahora con su traje negro de viuda, las piernas sin medias y las feas zapatillas de baño.
          —Se quedaron rezando —me dijo.
          Y sin más, se sentó a mi lado, sobre la tierra, protegida, como lo estaba yo, por la sombra del camión. Yo veía la carne pálida y hermosa de sus piernas y me sabía de memoria la diminuta, casi invisible vegetación de vello que, a trechos, cubría esa misma carne.
          —¡Qué cansancio! —dijo, a tiempo que echaba hacia atrás todo su cuerpo. De inmediato, al extenderse en el suelo, se precisó la curva de los senos, la línea del vientre, el arco de las caderas. La miré al rostro. Y en los ojos, en la boca descubrí no sé qué terrible y misteriosa corresponden­cia con la llamarada interior que me estaba quemando los riñones, que me hacía temblar las manos, que me sofocaba el aliento, que me hacía trepidar el corazón. Y entonces caí sobre ella sin decirle nada, y sin que ella dijera nada, como una ciega fuerza y con una urgencia vital en qué me parecía probar un secreto rencor y una suprema alegría.
          Mientras el placer parecía vengarnos provisionalmente del mundo y nos otorgaba el olvido de todo, la noche seguía sobre nuestras cabezas, sobre nuestros cuerpos, con su carga de estrellas y de silencio. Más allá de nos otros, en la casa, seguía el velorio, con la muerte instalada en su trono de madera, como un huésped privilegiado.